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La historia de las apariciones en Salta

Inmaculada Madre del Corazón Eucarístico de Jesus

Todo comenzó en el año 1990, de una manera silenciosa, sencilla y profundamente íntima. No hubo multitudes, ni cerros, ni peregrinos en los primeros momentos. Hubo, simplemente, una mujer en su casa, en su vida cotidiana, que empezó a escuchar una voz en su interior.

Por entonces, María Livia estaba casada con Carlos, a quien conocía desde la adolescencia, y era madre de tres hijos: Vanesa, Carlos y Maximiliano. Juntos habían construido una vida dedicada a su familia. La fe que había recibido de sus padres la acompañaba también en lo cotidiano, y colaboraba en la parroquia de su barrio. En medio de esa vida familiar y de oración comenzaron las experiencias que poco a poco transformarían su camino.

María Livia Galliano de Obeid comenzó a recibir lo que la Iglesia denomina locuciones interiores: palabras que no venían de afuera, sino que resonaban en lo más profundo de su corazón. No eran pensamientos propios ni imaginaciones. Era una voz dulce, amorosa, llena de paz. Tanto, que nunca sintió miedo.

Durante ese tiempo, María Livia no buscó dar a conocer lo que le sucedía. Creyó, durante años, que aquello era una gracia personal, algo que Dios le regalaba solo a ella. Lo compartió únicamente con su esposo y su familia, guardándolo en el corazón como un tesoro íntimo.

María Livia Galliano de Obeid

Hasta que un día, esa voz se manifestó de una manera completamente nueva. La Virgen se le apareció visiblemente, tal como ella misma relató: “la vi como yo los veo a ustedes”. Ante esa presencia, María Livia cayó de rodillas.

Esa primera aparición fue tan intensa que, durante tres días, quedó en un estado que ella describió como estar “entre el cielo y la tierra”. No podía comer, no podía tragar ni siquiera su propia saliva. No era enfermedad: era un estado de éxtasis profundo, provocado por lo que había visto y vivido.

Sin embargo, incluso después de esta experiencia, María Livia siguió pensando que todo quedaría allí. Que era una gracia solo para ella.

Pero la Virgen y Nuestro Señor Jesucristo la estaban preparando.

Durante esos primeros cinco años, la Virgen y Jesús continuaron manifestándose a María Livia, formándola interiormente, fortaleciéndola en la oración y en la obediencia. Ella recibió también apariciones de Nuestro Señor Jesucristo.

Años después, María Livia recordaría que había escuchado aquella primera voz mientras rezaba el Santo Rosario, en abril o mayo de 1990. Desde entonces, las comunicaciones se habían vuelto cotidianas. Algunas estaban destinadas a compartirse con los demás; otras pertenecían a ese camino íntimo de formación que estaba recorriendo.

Por eso, aunque hubiera períodos sin nuevos mensajes públicos, aquel aprendizaje interior continuaba. En ese tiempo fue aprendiendo a esperar, a confiar y a no inquietarse cuando las cosas no sucedían como ella imaginaba.

Nada fue apresurado. Nada fue forzado. Todo se dio en los tiempos de Dios. Hasta que llegó el momento decisivo.

En 1995, María Livia recibió un pedido claro: Debía ir al Monasterio de las Carmelitas Descalzas de San Bernardo, en Salta, y contar lo que le estaba sucediendo.

Cuando se presentó ante la Madre Superiora y le relató su experiencia, la religiosa le preguntó: “¿Y qué quiere la Virgen de nosotras?”

Esa misma noche, la Virgen se le apareció nuevamente y le dictó una carta. Esa carta, que hoy puede leerse en el libro Génesis de Salta, fue entregada a la Madre Superiora.

La sorpresa fue inmensa. En la carta, la Virgen pedía explícitamente que las carmelitas fueran receptoras y transmisoras de sus mensajes. Pero además, la carta contenía detalles de la vida interna del Carmelo que solo las hermanas conocían.

Allí comprendieron que la Virgen estaba verdaderamente presente, que conocía su vida cotidiana, su intimidad, su entrega silenciosa.

Aquel encuentro del 15 de noviembre de 1995 unió a la comunidad con una misión que debía sostenerse en la oración. La carta pedía difundir la adoración al Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, perseverar en el Rosario y vivir con fidelidad la regla del monasterio. Las carmelitas acompañarían así la obra desde su propia vocación: rezando, recibiendo los mensajes y ayudando a que llegaran a otros corazones.

Desde ese momento, las carmelitas comenzaron a transcribir los mensajes, primero con máquinas de escribir. Los peregrinos recibían esos mensajes mecanografiados, uno por uno.

Convento San Bernando

Al poco tiempo, falleció una hermana carmelita. Cuando buscaron su partida de bautismo, descubrieron que su nombre era Rosa. Nadie lo sabía. Entonces comprendieron el sentido de aquellas palabras.

Dentro del Carmelo, la religiosa llevaba el nombre de Natividad del Niño Jesús, por lo que su nombre de bautismo había permanecido desconocido para quienes conocían solamente su nombre religioso. La hermana falleció un 24 de diciembre, una fecha que también quedó ligada a su nombre dentro de la comunidad.

Fue entonces cuando aquellas palabras sobre la “rosa” del jardín adquirieron para las carmelitas un significado que hasta ese momento no habían comprendido. El mensaje, además, formaba parte de las comunicaciones dirigidas especialmente a la comunidad del Carmelo y quedó unido a la misión que las religiosas habían comenzado a asumir como receptoras y transmisoras de los mensajes.

En una de las apariciones posteriores, la Virgen se presentó con su nombre completo y definitivo:

Este nombre no es solo un título. Es el corazón mismo de la obra. La Virgen se presenta inseparablemente unida al Corazón Eucarístico vivo y presente de Jesús. Por eso, todo en esta obra gira en torno a la Eucaristía, la adoración, la consagración y la reparación.

Los mensajes recibidos fueron sometidos a discernimiento de la Iglesia. Los que hoy se encuentran en el libro de mensajes cuentan con Nihil Obstat (declaración oficial de un censor de la Iglesia que certifica que un texto sobre fe o moral no contiene errores doctrinales) del entonces Arzobispo de Salta, Monseñor Moisés Julio Blanchoud, hasta el 21 de marzo de 1996.

A partir de esa fecha, el nuevo arzobispo, Monseñor Carmona, pidió que los mensajes posteriores le fueran entregados directamente. María Livia, obediente, conserva una copia y entrega los originales al obispo, quien aún los resguarda. Estos mensajes permanecen en oración, a la espera de su aprobación.

Con la difusión de los mensajes, en 1997, comenzaron a acercarse cada vez más personas. Querían conocer a María Livia, pedirle oración y compartir con ella un momento de encuentro. Al principio, las reuniones eran privadas y casi diarias. Entre 1997 y 1999, aquel grupo fue creciendo y reuniéndose alrededor de la oración. La comunidad comenzaba a formarse antes de que existieran los caminos y la ermita. Primero estuvieron las personas, acercándose unas a otras, y esa fe compartida que las llevaba a volver.

La Virgen pidió una forma concreta de rezar el Santo Rosario, con jaculatorias específicas, lectura de mensajes y contemplación del Evangelio en cada misterio.

Pidió que:

  • El Rosario se abra con la invocación al Espíritu Santo.
  • Se recen las jaculatorias:
    “Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, en Vos confío.”
    “Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús, ruega por nosotros.”
  • Se lea un mensaje antes de cada misterio.

La Virgen explicó que quien posee el librito de los mensajes, posee su corazón, porque ella está humildemente presente en cada uno de ellos. Dijo también:

No basta con leerlos: hay que llevarlos a la vida diaria.

De esta manera, el Rosario y los mensajes quedaron estrechamente unidos. La oración no debía reducirse a repetir fórmulas, sino convertirse también en un momento de escucha, meditación y enseñanza. Los mensajes acompañan cada misterio y ayudan a llevar la oración hacia la vida cotidiana.

Esta práctica fue también una de las formas en las que comenzó a consolidarse la comunidad de oración. Cuando los primeros colaboradores trabajaban en la construcción y preparación del Cerro, los sábados se reunían para rezar el Rosario. Así nacieron aquellas jornadas que, con el tiempo, comenzaron a convocar a un número cada vez mayor de peregrinos.

Cerca del año 2000, la Virgen pidió la construcción del Santuario en Tres Cerritos, en el lugar exacto que ella misma señaló.

Pero ese lugar ya formaba parte del camino de María Livia desde 1990. Ella contaría que, una mañana, la Virgen le pidió que subiera a su automóvil y la fue guiando hasta el pie del cerro, donde había una ermita de Nuestra Señora de Schoenstatt. Allí le habló de un santuario en la cumbre, cuyo pedido debía guardar todavía en silencio.

Al principio no había caminos, ni capillas, ni estructuras. Solo senderos abiertos a machete. Los primeros peregrinos subían con bolsas de cal, ladrillos, lo que podían. Todo se hizo con esfuerzo, amor y entrega.

Durante aproximadamente diez años conservó aquella indicación. Hasta que, en el año 2000, recibió el pedido de darla a conocer. Había llegado el momento de compartir lo que hasta entonces había permanecido reservado.

Llegar hasta la cumbre llevó tiempo y mucho trabajo. Carlos Obeid y María Livia contaron con la ayuda de Gregorio Tarcaya, quien avanzaba con un machete por el terreno cubierto de maleza. Tardaron diez días en abrir aquel primer paso. Después se sumaron amigos y colaboradores, que ayudaron a mejorar el acceso y a preparar un espacio donde reunirse.

La primera ermita fue pensada con sencillez, con bancos para seis personas. Quedó terminada el 9 de julio de 2001, después de cuatro meses de trabajo. El agua y el cemento se subían desde la base por el sendero escarpado. Y, mientras las tareas avanzaban, los colaboradores se reunían los sábados para rezar el Rosario. Así, entre el trabajo y la oración, fueron naciendo los encuentros que después recibirían a tantos peregrinos.

En el año 2001, la imagen de la Virgen fue entronizada en la ermita, una pequeña capilla que hoy es el corazón del santuario. Nada está colocado al azar. Cada imagen, cada sendero, cada espacio fue querido por la Virgen.

La imagen que llegó a la ermita había comenzado a tomar forma en el Carmelo. Una de las hermanas modeló primero una figura de arcilla, siguiendo las descripciones de María Livia. Ella observaba el trabajo y precisaba los detalles. Con ese modelo se preparó el molde para realizar la imagen de cemento y marmolina, de aproximadamente cien kilos.

En diciembre de 2001, seis hombres la llevaron sobre sus hombros por el sendero todavía escarpado. La participación de las carmelitas quedaba también expresada en aquella imagen, ante la que comenzarían a rezar quienes subían a la ermita.

Pidió también la presencia de San José, su esposo, y de San Miguel Arcángel, protector contra el mal.

El 2 de octubre de 2003 se concretó otro paso en la historia del lugar: la sociedad Tres Cerritos S. A. donó el terreno a las hermanas carmelitas. La donación contemplaba la construcción de una iglesia dedicada a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús y otros espacios de vida religiosa. Las hermanas recibieron la propiedad y, como su vida de clausura les impedía ocuparse directamente de la administración, confiaron esa tarea a la fundación vinculada con la Obra.

Durante años, los sábados, en el tercer misterio del Rosario, la Virgen descendía acompañada de ángeles, siempre junto a Padre Pío y San Antonio de Padua.

Luego del Rosario, bendecía a los peregrinos y comenzaba la oración de intercesión. María Livia permanecía hasta que pasaba la última persona, aunque fueran decenas de miles.

Ella decía que sentía como si la Virgen le pusiera “patines”, porque la rapidez con la que pasaba de persona en persona era humanamente inexplicable.

Detrás de cada jornada había personas que ofrecían su tiempo para recibir a quienes llegaban. Carlos Obeid coordinaba a los servidores. Algunos orientaban a los peregrinos en los senderos y organizaban los vehículos; otros repartían agua y estampas gratuitamente, preparaban el espacio de oración o mantenían los baños. También estaban quienes acompañaban a las personas durante la oración de intercesión y las ayudaban a incorporarse y encontrar la salida.

Las catequesis y las preguntas de los peregrinos

Con el tiempo, los encuentros se extendieron también a los domingos. En septiembre de 2003 comenzaron las reuniones en las que, después de la Misa, María Livia dialogaba con los peregrinos. Ellos planteaban sus preguntas y ella respondía, mientras los servidores acercaban los micrófonos y ayudaban a organizar la participación.

Se reunían en las salas del hotel ATSA y, cuando el espacio resultaba insuficiente, los encuentros se trasladaban al estadio DELMI. Allí aparecían las inquietudes sobre la fe, la familia y la oración. María Livia insistía en acercarse a los sacramentos, leer el Evangelio y acompañar las palabras con el ejemplo. Aquel diálogo prolongaba lo vivido durante la peregrinación y lo acercaba a la vida cotidiana, a lo que cada persona podía hacer al regresar a su hogar.

A estas tareas se sumaron niños, jóvenes y adultos. Algunos habían comenzado acompañando a sus familias y, con los años, encontraron su propia manera de colaborar. La comunidad crecía también en esos gestos cotidianos: ofrecer tiempo, acompañar al que necesitaba ayuda y cuidar el lugar donde tantos se reunían a rezar.

Una nueva etapa: la pandemia y la actualidad

La llegada de la pandemia marcó un cambio profundo en la historia de las manifestaciones y en la dinámica que durante años se había vivido en el Santuario. Hasta entonces, los sábados estaban marcados por el rezo del Rosario, las apariciones públicas y la oración de intercesión, durante la cual María Livia pasaba frente a cada uno de los peregrinos.

Con la pandemia, aquella forma de encuentro se interrumpió. Cesaron las apariciones visibles durante las jornadas públicas y dejó de realizarse la oración de intercesión como se había conocido hasta ese momento. María Livia explicó que comenzaba una nueva etapa para el Santuario.

Este cambio, sin embargo, no significó el final de la vida espiritual del lugar. Desde entonces, se insiste en que la peregrinación no debe estar condicionada por la búsqueda de una manifestación extraordinaria. Quienes llegan al Cerro son invitados a vivir la experiencia desde la fe, la oración y la apertura interior, confiando en que la Virgen continúa acompañando a quienes se acercan al Santuario.

María Livia tampoco participa actualmente de las jornadas públicas de la misma manera que lo hacía antes de la pandemia. No recibe personalmente a los peregrinos ni realiza la oración de intercesión en el Cerro. Su presencia dentro de la Obra se desarrolla ahora de una manera más reservada.

Según lo explicado durante las peregrinaciones, continúa rezando desde su casa y recibe las intenciones que los fieles dejan en los buzones del Santuario. Los servidores recogen esas cartas y pedidos y posteriormente se los acercan para que pueda rezar por ellos. También existen medios a distancia para enviar intenciones de oración, permitiendo que quienes no pueden viajar hasta Salta puedan igualmente acercar sus pedidos.

De acuerdo con este mismo testimonio, María Livia continúa recibiendo mensajes, que son entregados a la autoridad eclesiástica para su discernimiento. Esos mensajes posteriores no forman parte de los textos actualmente difundidos entre los peregrinos.

Así, la etapa actual de la historia de la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús aparece marcada por una forma diferente de vivir la peregrinación. Ya no se encuentra centrada en la presencia pública de María Livia ni en la oración de intercesión como sucedía anteriormente, sino en la visita al Santuario, el rezo del Rosario, la lectura de los mensajes, la oración personal y la participación de una comunidad que continúa sosteniendo el lugar.

La continuidad de la Obra puede verse también en los servidores que preparan el Santuario y reciben a los peregrinos. Durante la semana realizan distintas tareas para que cada sábado el lugar esté preparado: acondicionan los espacios, limpian, organizan los sectores y acompañan a quienes llegan. Ese servicio se realiza de manera voluntaria y forma parte de la vida cotidiana que actualmente mantiene activo al Santuario.

De esta manera, la pandemia no aparece solamente como una interrupción dentro de esta historia, sino como el comienzo de una etapa diferente. El Cerro continúa recibiendo peregrinos, pero el centro de la experiencia se desplaza hacia una vivencia más interior: llegar, rezar, permanecer en silencio y abrir el corazón.

Los mensajes centrales de esta obra son claros:

  • Volver a amar al Divino Corazón Eucarístico de Jesús.
  • Este llamado ocupa un lugar central dentro de la espiritualidad de la Obra. En los mensajes recogidos en Génesis de Salta aparece de manera reiterada la invitación a dirigir nuevamente el corazón hacia Jesús, especialmente hacia su presencia eucarística. La propuesta no se limita a una devoción exterior, sino que busca una relación más profunda con Cristo, capaz de transformar la vida cotidiana.
  • En una de las cartas dirigidas a las hermanas carmelitas se pide difundir la devoción al Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús y repetir con confianza la invocación: “Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús, en vos confío”. La oración aparece así como un camino para crecer en la confianza, en el amor y en la unión con Cristo.
  • La experiencia de María Livia también es presentada como un proceso de transformación interior. Ella misma explica que, aunque ya era creyente antes de 1990, las manifestaciones significaron para su vida un cambio espiritual profundo y una nueva manera de relacionarse con Cristo y con la Virgen.
  • Adorar perpetuamente a Jesús Eucaristía.
  • La adoración aparece estrechamente vinculada con el punto anterior. Los mensajes no hablan solamente de conocer a Jesús, sino de permanecer frente a Él, reconocer su presencia y desarrollar una vida de oración.
  • En el mensaje dirigido al Carmelo se pide expresamente difundir la adoración al Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús y acompañarla con oración constante. También se insiste en rezar mucho y en mantener el corazón orientado hacia Cristo.
  • Dentro de esta lógica, la Eucaristía se presenta como un centro espiritual alrededor del cual se organiza la vida de fe. No se trata únicamente de una práctica puntual, sino de aprender a vivir en presencia de Dios, alimentando la relación con Él a través de la oración, la Misa, el Rosario y la vida sacramental.
  • La insistencia en la adoración también se relaciona con una actitud de reparación, confianza y entrega. Es una invitación a volver a detenerse frente a Cristo y reconocerlo como centro de la propia vida.
  • Consagrar el mundo entero al Corazón Eucarístico de Jesús y al Inmaculado Corazón de María.
  • La consagración aparece como una forma de entrega. No significa solamente pronunciar una oración determinada, sino orientar la vida hacia Cristo y hacia la Virgen, buscando que esa entrega transforme la manera de vivir.
  • En el libro aparecen distintos testimonios relacionados con la consagración y con el deseo de permanecer unidos al Sacratísimo Corazón Eucarístico de Jesús y a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús. También se registran momentos en los que sacerdotes y servidores son consagrados a la Inmaculada Madre, mostrando que esta práctica formó parte de la vida espiritual que fue creciendo alrededor del Cerro.
  • La consagración, entendida desde esta perspectiva, implica ponerse en manos de Dios, confiar en Él y procurar que la fe no quede separada de la vida cotidiana. Es una invitación a que la relación con Jesús y María no sea ocasional, sino que atraviese las decisiones, los vínculos y la manera de relacionarse con los demás.
  • Por eso, cuando se habla de consagrar el mundo entero, la propuesta comienza en cada persona: entregar primero la propia vida para que, desde esa transformación interior, el mensaje pueda extenderse hacia otros.
  • Evangelizar.
  • La evangelización es uno de los puntos que el libro desarrolla con mayor claridad. No se presenta solamente como hablar de Dios o transmitir mensajes, sino como vivir de una manera coherente con aquello que se anuncia.
  • En una de las catequesis recogidas en el libro, María Livia explica que la verdadera evangelización comienza por convertir la propia vida a Dios. La prioridad debe ser Cristo y, a partir de allí, todo lo demás. También señala que este camino se sostiene a través de la lectura del Evangelio, la Santa Misa, la confesión y una vida cada vez más cercana a Dios.
  • Desde esta mirada, evangelizar no significa convencer con discursos. La transformación personal se convierte en el primer testimonio. La persona que busca acercarse a Dios, vivir de acuerdo con el Evangelio y colocar a Cristo en el centro de su existencia se vuelve también transmisora de ese mensaje.
  • La misión comienza entonces en lo cotidiano: en la familia, en los vínculos, en la manera de tratar al otro, en las decisiones y en la coherencia entre la fe que se profesa y la vida que se lleva.
  • Preparar la segunda venida de Cristo mediante el amor, la esperanza y la conversión.
  • Este punto también aparece desarrollado en Génesis de Salta. Dentro de las catequesis hay un apartado dedicado expresamente al “Final de los tiempos”, donde una peregrina le pregunta a María Livia acerca de la Segunda Venida de Jesucristo y cómo prepararse para ella.
  • La preparación no se presenta como una espera marcada por el miedo, sino como una llamada a vivir de acuerdo con el Evangelio. El énfasis está puesto en estar espiritualmente preparados, escuchar la Palabra de Dios y orientar la vida hacia Él.
  • Esa preparación se relaciona directamente con la conversión. En distintos mensajes se repite el llamado a abandonar aquello que aleja de Dios y volver hacia Él. En uno de los mensajes recogidos en el libro, la Inmaculada Madre expresa el deseo de llevar esperanza a quienes no la conocen, conducirlos hacia la luz de Cristo y enseñarles el camino del bien. Allí también aparece un llamado directo a la conversión.
  • La esperanza, por lo tanto, no consiste en esperar pasivamente, sino en vivir desde ahora de una manera distinta. Prepararse significa aprender a amar, confiar, rezar, reconciliarse con Dios y procurar que cada día esté orientado hacia Cristo.
  • De esta manera, el mensaje sobre la Segunda Venida queda unido a una vida de fe concreta: amar a Dios, vivir el Evangelio, convertirse y mantener viva la esperanza.

Y una frase que resume todo:

Esta expresión aparece entre los primeros mensajes vinculados a las manifestaciones de Salta y resume buena parte de la misión que se desarrolla después.

La imagen de “juntar el rebaño” habla de reunir, volver a llamar y conducir hacia Dios a quienes se encuentran alejados. Al mismo tiempo, la idea de “construir y reconstruir” presenta una misión que no busca destruir ni enfrentar, sino renovar la fe, fortalecer la relación con Cristo y contribuir a la vida de la Iglesia.

Por eso, los distintos mensajes de la Obra terminan encontrándose en un mismo punto: volver a Cristo, especialmente a su presencia eucarística, dejarse transformar por Él y llevar ese amor a los demás.

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