El prodigio de la tilma: la misteriosa estampación de Guadalupe
Autor: Arias Daiana
La mañana en que Juan Diego llegó al palacio del obispo, fue recibido con indiferencia por criados y mayordomos. Acostumbrados a su insistencia, fingieron no escucharle y lo dejaron esperando largo rato. Sin embargo, algo llamó su atención: aquel hombre humilde llevaba algo en su regazo, cuidadosamente cubierto. Cuando se acercaron a curiosear, descubrieron que eran rosas frescas y fragantes, imposibles de encontrar en aquella estación del año.
El asombro fue aún mayor cuando intentaron tomar algunas flores y, en lugar de ellas, sólo vieron figuras bordadas en la manta que las contenía. De inmediato informaron al obispo, quien comprendió que se trataba de la señal solicitada a la Virgen. Ordenó entonces que el indio pasara a su presencia.
Juan Diego relató cómo la Señora del Cielo le había enviado de nuevo al cerro del Tepeyac, donde, contra toda lógica, había encontrado un vergel de rosas de Castilla. Narró cómo la Virgen misma las tomó en sus manos y las colocó en su tilma para que él las llevara como prueba.
Cuando el mensajero desplegó su manto, las rosas cayeron al suelo y, en ese instante, apareció estampada en la tela la imagen de Santa María, Madre de Dios. El obispo y quienes lo acompañaban se arrodillaron conmovidos, reconociendo el milagro. Con lágrimas, pidió perdón por haber dudado y llevó la tilma al oratorio.
El prodigio marcó el inicio de la veneración a la Virgen de Guadalupe. Poco después, el obispo y los fieles se dispusieron a construir el templo en el lugar señalado por la Señora del Cielo, cumpliendo así su voluntad.
FUENTE
Benítez, J. J. (2001,pp. 21–22). El misterio de la Virgen de Guadalupe. Editorial Planeta.

