El acontecimiento guadalupano y la fiesta de Panquetzaliztli, Padre Eduardo Chávez
La fiesta indígena de Panquetzaliztli es una de las claves principales para comprender el acontecimiento guadalupano. Esta celebración estaba relacionada con el solsticio de invierno y con importantes elementos de la cosmovisión indígena. Las apariciones de la Virgen tuvieron lugar entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531.
Resulta muy significativo que las apariciones hayan ocurrido durante cuatro días, ya que este número poseía un fuerte significado dentro de la cultura indígena: estaba relacionado con los cuatro rumbos del universo y aparecía representado en diferentes símbolos, como las cuatro flechas colocadas al niño y la flor de cuatro pétalos presente en la imagen de Guadalupe. Por lo tanto, los cuatro días de las apariciones no serían simplemente una cuestión temporal, sino que también podrían expresar un significado cultural y simbólico más profundo. A su vez, estos cuatro días se relacionan con la Semana Santa. El jueves recuerda la institución de la Eucaristía; el viernes, la Pasión y muerte de Cristo; el sábado, la espera y el fuego nuevo; y finalmente el domingo, la Resurrección. El número ocho, asociado al domingo como octavo día, también posee un fuerte significado, relacionado con la Resurrección y presente incluso en la forma octogonal de antiguos bautisterios. De esta manera, los símbolos numéricos y temporales adquieren una dimensión que permite vincular elementos indígenas con el cristianismo.
En este sentido aparece también la idea de la Pascua Florida (una Pascua expresada mediante las flores). Las flores adquieren un papel fundamental en el acontecimiento guadalupano, ya que son precisamente una de las señales que Juan Diego lleva al obispo y, posteriormente, se encuentran representadas en la imagen de la Virgen. Así, la flor se convierte en un signo que une la sensibilidad indígena con el mensaje cristiano y forma parte de lo que se presenta como un verdadero encuentro entre Dios y los seres humanos a través de Guadalupe.
Otro elemento central es el fuego nuevo, relacionado con el solsticio de invierno. Para los pueblos indígenas, en ese momento se realizaba una ceremonia en la que se encendía un nuevo fuego en el Cerro de la Estrella, en Ixtapalapa. El año 1531, además, era identificado como 13 Caña, un dato que adquiere un significado particular dentro de esta interpretación, ya que se asociaba con el comienzo de algo nuevo lleno de la sabiduría de Dios. Por eso, la elección de 1531 no sería considerada simplemente una coincidencia, sino que tendría un sentido simbólico dentro de la cosmovisión indígena. El contexto de 1530 y 1531 también era especialmente difícil para los pueblos indígenas. En 1530 se habían producido terremotos que, de acuerdo con sus creencias, podían interpretarse como señales del final del quinto sol. A esto se sumaban fenómenos como cometas y eclipses, que reforzaban la percepción de que el mundo conocido estaba llegando a su fin. En ese contexto, la llegada de 1531 como año 13 Caña podía ser interpretada como el comienzo de algo nuevo, aunque al mismo tiempo existía la sensación de que el antiguo orden había desaparecido. Esta crisis no era solamente simbólica. Los pueblos indígenas atravesaban una situación de enorme sufrimiento después de la conquista. Sus antiguas prácticas religiosas estaban siendo transformadas y los sacrificios humanos habían desaparecido, mientras que enfermedades como la viruela provocaban una enorme cantidad de muertes. El hambre, la destrucción y el recuerdo de la conquista contribuían a generar la sensación de que el mundo se había terminado. Incluso el sitio de Tlatelolco, que duró aproximadamente noventa días, quedó como parte de ese contexto de profunda crisis. En este escenario, el solsticio de invierno adquiere una importancia especial. La celebración del fuego nuevo había dejado de realizarse después de la conquista, pero continuaba formando parte de la memoria de los pueblos indígenas, ya que había sido una práctica fundamental dentro de su cultura. Por eso, la relación entre el solsticio, el fuego nuevo y la fiesta de Panquetzaliztli permite comprender el contexto cultural en el que se sitúa el acontecimiento guadalupano.
También es necesario considerar la cuestión de los calendarios. La fecha del 12 de diciembre debe entenderse teniendo en cuenta que en aquel momento se utilizaba el calendario juliano, que presentaba un desfase respecto de los fenómenos astronómicos. En 1582, el papa Gregorio XIII impulsó la reforma que dio origen al calendario gregoriano, eliminando diez días del calendario para corregir ese desfase. Por esta razón, al analizar la relación entre Guadalupe y el solsticio de invierno, no se debe considerar únicamente la fecha según el calendario europeo, sino también su correspondencia astronómica.
La fiesta de Panquetzaliztli estaba vinculada a Huitzilopochtli, una de las principales divinidades de los mexicas, relacionada con el sol. La Virgen de Guadalupe no toma directamente esta divinidad ni continúa su culto, sino que recoge aquello que puede considerarse elementos buenos y verdaderos presentes en una cultura y los orienta hacia su plenitud en Cristo. La inculturación, por lo tanto, no consiste en aceptar las antiguas idolatrías, sino en purificar y transformar aquellos elementos culturales que pueden conducir hacia el verdadero Dios. Esto también permite comprender la relación de Guadalupe con el Tepeyac. Se trataba de un lugar que poseía un carácter maternal dentro de la cultura indígena, pero la Virgen no aparece simplemente como una continuación de la antigua divinidad Coatlicue. El planteamiento es que Guadalupe toma aquello que es bueno y verdadero del contexto cultural en el que se manifiesta, lo purifica y lo orienta hacia Cristo. De este modo, la presencia de la Virgen en el Tepeyac no supone la continuidad de un culto pagano, sino una redirección hacia Cristo.
Los relatos indígenas también hablaban del nacimiento del sol y del quinto sol, así como de movimientos de tierra y tiempos de hambre. Estas imágenes pueden adquirir un nuevo significado en relación con Jesucristo, identificado como el Sol que nace de lo alto, el Sol de justicia y el Sol invicto. De esta manera, aquello que en la tradición indígena estaba relacionado con el nacimiento del sol puede ser reinterpretado como referencia a Cristo, el verdadero Sol y fuente de luz. La relación entre el solsticio de invierno y el nacimiento del sol resulta especialmente significativa porque, a partir del solsticio, los días comienzan a alargarse nuevamente y la naturaleza se prepara para el renacimiento de la primavera. En la tradición indígena, el fuego nuevo ocupaba un lugar central dentro de la celebración de Panquetzaliztli. El Códice Borbónico (un documento manuscrito con ilustraciones y/o símbolos que utilizaban los pueblos indígenas para registrar su historia, cultura y conocimientos) también presenta la ceremonia del fuego como un elemento central de esta fiesta, reforzando la importancia de esta relación entre fuego, sol y renovación.
Otro elemento importante es el mito del nacimiento de Huitzilopochtli. Según este relato, su madre Coatlicue concibe de manera extraordinaria y, cuando sus hermanas conocen el embarazo, desean matar al niño cuando nazca. Esta situación presenta una semejanza llamativa con la imagen del Apocalipsis 12 (vinculado anteriormente), donde una mujer está a punto de dar a luz mientras una figura amenazante intenta destruir al niño. La semejanza permite establecer un diálogo simbólico entre ambas tradiciones, aunque sin afirmar que se trate del mismo relato o de la misma figura religiosa. El mito continúa con Huitzilopochtli venciendo a sus enemigos en el cerro de Coatepec, cuyo nombre proviene del náhuatl y significa “cerro de las serpientes” (de cóatl, serpiente; y tepetl, cerro). Allí aparece la imagen de la serpiente de fuego con la que derrota a las estrellas y a Coyolxauhqui. La escultura de Coyolxauhqui encontrada en el Templo Mayor conserva esta representación de la divinidad vencida y desmembrada, asociada simbólicamente con la victoria del sol sobre las tinieblas.
Esta imagen puede adquirir un nuevo significado en Guadalupe ya que la Virgen no presenta a Huitzilopochtli como verdadero Dios ni incorpora la idolatría indígena, sino que conduce hacia Cristo, quien es presentado como el verdadero Sol y la verdadera Luz que vence las tinieblas del pecado. La inculturación consiste precisamente en tomar determinados elementos culturales y conducirlos hacia su plenitud en el Evangelio, sin confundirlos con las antiguas divinidades. La identificación de Cristo con el sol tampoco es exclusiva de la tradición indígena. Dentro del cristianismo, Jesús es llamado “Sol que nace de lo alto” y “Sol de justicia”, y la imagen de un sol victorioso también aparece en la tradición grecolatina y en representaciones cristianas. Esto permite entender que el simbolismo solar puede ser utilizado para expresar la victoria, la luz y la presencia de Cristo sin quedar limitado a una única cultura.
En conclusión, el acontecimiento guadalupano es una profunda inculturación del Evangelio. Guadalupe no elimina simplemente la cultura indígena ni reproduce sus antiguas prácticas religiosas, sino que recoge elementos de su cosmovisión y los orienta hacia Cristo. De esta manera, aquello que formaba parte de la búsqueda religiosa de los pueblos originarios es presentado desde una nueva perspectiva, en la que Jesucristo aparece como el verdadero Sol, la verdadera Luz y la plenitud de la sabiduría de Dios. Por eso, el acontecimiento de Guadalupe se cree es un verdadero encuentro entre Dios y los seres humanos. La imagen de la Virgen se inserta en un contexto cultural concreto y utiliza signos que podían ser comprendidos por los pueblos indígenas, pero al mismo tiempo los transforma y los guía hacia la palabra de Dios.
Fuentes:
Video «Panquetzaliztli | M. I. Cango. Dr. Eduardo Chávez «., publicado en el canal «Instituto Superior de Estudios Guadalupanos ISEG«.

